Sobre todo, no dejes de hacer.

Ante una sociedad donde la audiencia dicta la única moral, donde Windows podría ser el logotipo del planeta, donde la estética marca la única tendencia… En un mundo donde el individualismo atroz nos invita a mirar únicamente a nuestro ombligo con el emblema de sálvese quien pueda, hoy propongo arrojar luz ante la oscuridad. 

Cada gesto, cada acción que realizas desde que te levantas, es una oportunidad para el cambio. Sostener unos valores firmes te posiciona, te da fuerza, te define, te cambia y cambia tu realidad. Una de las claves para cambiar lo que no nos gusta en nuestro entorno más cercano es mantener una actitud activa, pero en positivo, poniendo en práctica valores con los que te sientas especialmente identificado y por los que merezca la pena dar la cara.

Una de las opciones más comunes es mantenernos en la queja constante con lo que no nos gusta en nuestra familia, en el trabajo, en el vecindario… Otra, no menos practicada, es actuar de manera reactiva ante lo que nos ocurre, dejando de hacer lo que haríamos, porque otras personas no lo hacen. De esta manera dejamos de saludar cuando no nos saludan, dejamos que felicitar por su cumpleaños a un buen amigo porque él se olvidó el año pasado de hacerlo, dejamos de llamar a nuestro hermano porque hace tiempo que él no lo hace, dejamos de colaborar con una buena causa porque pensamos que algunas organizaciones son fraudulentas, dejamos de decir la verdad, porque esta nos pone en ocasiones en el centro de las críticas e incluso dejamos de ser nosotros mismos por si acaso cuando nos conozcan de verdad dejan de querernos…

Pues déjame decirte que es precisamente haciendo todo lo contrario como conseguiremos cambiar lo que no nos gusta; diciendo lo que piensas, porque lo que puedes aportar, verdaderamente, importa; preocupándote por las personas que quieres, porque independientemente de lo que ellas hagan por ti, tú debes ser fiel a tus sentimientos, ellas son libres de hacer o no hacer, pero tú te sentirás más libre haciendo lo que tu corazón te dicta, recuerda que ningún cobarde ha sufrido nunca por amor, tú, que eres valiente, atrévete a amar de manera incondicional, abraza la vida y haz lo que amas, no pierdas ni un minuto en eso, porque nada de lo demás vale la pena. Camina firme, defendiendo tus principios, pero con la humildad y la apertura de quien siempre está abierto al aprendizaje; alza la voz cuando una injusticia azote a tu prójimo, nadie alcanza la experiencia íntima del éxito ni la paz interior siendo una marioneta o un súbdito de los laureles; saluda, abraza, ayuda, sal a la calle con optimismo y practica el agradecimiento.

Juntos, arrojando luz, podemos hacer mucho, cada pequeño detalle sumará, y por ello te desafío a seguir esta cadena de acciones y sobre todo, no dejes de hacer.

Por David López Mejuto.

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Por ti, joven, y aquél que también fui.

Óiganme, gobernantes de este país, pongan mucha atención, porque dentro de muy poco, el tiempo ya me declara mayor de edad, tengo ya derecho a voto.

Siembren ya ramilletes de ilusiones, que den su fruto y se conviertan en realidad, piensen en el futuro de este joven, porque su voto será caro de comprar.

Yo no vendo mi ilusión porque un simple charlatán regale promesas, palabritas de papel, que en un simple soplo el viento se lleva.

Que a mí, señores, me parió la democracia, y ya son años de batalla y de rodar… No señor, no se crean que tan fácilmente… Que tan fácilmente me van a engañar.

Por David López Mejuto.

 

Febrero con su locura como disfraz

Casi sin darnos cuenta ya llegó; desde Cádiz, el levante sopló cargado de compases que se mezclan con los vientos de las islas canarias y me recuerdan que febrero, con su locura como disfraz, ya pregona carnavales.

Vente conmigo, que nos vamos a la calle. Va siendo hora de buscarse un buen disfraz, deja que el alma se refresque con el aire, y olvídate por una vez del qué dirán.

Y siente de corazón que eres mago, superman, payaso, pirata… Y presume de ese don que tiene nuestra gente de cantar su gracia. Entre coplas y coplas podrás escuchar lo que muchos no se atreven a defender sin máscara y también verás desenmascarar injusticias y falacias.

Que el tiempo pasa de puntillas por tu puerta, y ya la fiesta poco a poco quedó atrás, y al final, sólo queda ir dando la cara, pero sin disfraz.

Por David López Mejuto.

No seré yo quien prometa

Hoy resuena todavía en mi cabeza el sonido de las bombas y la barbarie que algunos quisieron escribir en la historia reciente de España por la defensa de unos ideales, de unos intereses particulares, de una forma “distinta” de vivir la realidad nacional.

Muchos años el problema de la ETA ha ensombrecido a este país, tanto es así, que muchas voces pidieron que les dieran la independencia por tal de acabar con esa inmunda lucha cobarde y traicionera.

No se alarmen si les hablo de esta forma, yo sé que muchos pensaron que era una barbaridad, y que si a los vascos se les hubiera concedido la independencia, otras regiones muy pronto la pedirían, pero quizás también muchas muertes y sufrimiento se hubieran ahorrado.

Parece que hace mucho tiempo ya de esta realidad que vivimos, por la que nos identifica mucha gente fuera de nuestro país. Ha quedado grabado a fuego, y nunca mejor dicho. Una vez más queda de manifiesto que los fanatismos y los extremos conducen al caos y a la destrucción de personas y sus familias. La lucha por los ideales y por el reconocimiento de las diferentes identidades jamás se justificará con el uso de la violencia, la cual condeno con firmeza.

Yo que me siento andaluz y verde y blanco es el color que corre por mis venas, defendiendo mi raíz, su historia y su orgullo llevo por bandera. Al igual que también defiendo con gallardía las diferencias y la cultura de la tierra que me ha acogido, Canarias, y abrazo sus tradiciones y sus costumbres como un ciudadano del mundo dispuesto siempre a aprender y a respetar las diferencias.

Pero por mucho que yo sienta por mi pueblo y por su lucha yo le entregue el corazón, no se seré yo quien prometa luchar por mi tierra matando a traición.

Por David López Mejuto.

Tú jamás fuiste niño

Hoy levanto mi voz una vez más y te dedico este último grito a ti, un monstruo que vive entre nosotros, oculto entre las sombras de la cobardía.

Tú que eres un vampiro loco de atar, que saciando tu sed, buscas en la pornografía a niños y niñas para recrearte en su humillación sin importarte sus vidas. A ti, sí, a quien nunca importó el sufrimiento ajeno y que disfrutas con la vejación de personas indefensas.

Seguramente, cuando pasas por la calle, vas camuflado como todo un buen señor, y por las noches vas buscando sexo y sangre tras la pantalla de un ordenador mudo, que sostiene tu bajeza y tu perversión.

Cuánto pagaría yo por mirar ese rincón de tu mente oscura… Removiendo en tu interior, seguro que solo encontraba basura. Por más que pienso no concibo que algún día tuvieras infancia, como todo hijo de Dios…

Pensándolo bien, tú jamás fuiste niño, tú naciste con un corazón viejo, oscuro y despreciable.

Por David López Mejuto.

 

 

La sociedad libre de la educación.

Estoy casi seguro de que el niño que nace no se encontraría una sociedad amable, porque hoy, tras miles de años, sigue existiendo entre nosotros la sombra de la injusticia, la barbarie, la sinrazón de la codicia, la esclavitud, el abuso de poder…

Durante mi camino me he encontrado muchos desiertos que no admitían vuelta atrás, muchos de ellos han sido abismos que conducían irremediablemente a otro desierto más. Pero aún así, sigo persiguiendo siempre espejismos, por si alguno de ellos es el mar. En tiempos de Navidad, la ilusión, los recuerdos, la melancolía y otros muchos sentimientos nos habitan, pero al mismo tiempo, por más que este mundo se disfrace por unos días de bondad, ante los ojos del espíritu crítico, no pasa desapercibida la misma falacia, el conformismo y la quietud atroz de quienes vuelven la cara ante la injusticia.

Mientras unos llenan la cesta de la compra, otros buscan entre los escombros de sus vidas, algunas migajas. Esta realidad insolente, nos explica que mucho hay que cambiar de cuanto nos rodea. La educación es una de las herramientas más eficaces para construir una sociedad más solidaria, más sostenible y más compasiva.

Su poder transformacional no tiene límites, por eso, es responsabilidad de todos y todas exigir una educación de calidad y también animar a quienes nos rodean para aprovechar los recursos que tenemos a nuestra disposición, porque somos afortunados, ciertamente.

Invertir tiempo y esfuerzo en formarnos, nos hace más autónomos y más dueños de nuestras vidas al tiempo que ponemos al servicio de otras personas lo que aprendemos. Por eso, si te incomodan ciertas realidades, si te duele el mal ajeno, apuesta siempre por seguir creciendo, por seguir conociendo. De las pocas certezas que me acompañan con los años, sin lugar a dudas, es la confianza en que una sociedad formada es una sociedad libre, fuerte, sólida, solidaria con el que llega, tolerante ante la diferencia. Es una sociedad comprometida con los más vulnerables, y que genera oportunidades de manera igualitaria para todos y todas. Esa sociedad, ese espejismo del que te hablo, solo se puede construir con tu ayuda. Por lo que, desde la posición que tengas, desde la familia, desde tu trabajo, y desde  donde te toque vivir estos tiempos, motiva a quienes tengas a tu alrededor a formarse, a confiar en que el conocimiento conduce a la libertad y que la cultura es la trinchera de los que confían en la justicia.

Abanderado de la esperanza, te digo hoy, que cada año que se acerca es una nueva oportunidad para decidir si las cosas deben seguir como están o si por el contrario, deben cambiar.

Algo que te motivará será que siempre hay alguien que sueña, que alguien sueña por ahí, de manera que, adelante, sigamos nuestro camino y pongamos en cada paso acciones que nos conduzcan hacia los sueños que quedan por cumplir.

Feliz navidad.

Por David López Mejuto.

El monstruo de la estupidez

Por mucho que sea mi sino buscar al gato tres pies y navegar sin sentido por los enrevesados páramos de mi mente, me encuentro de frente cada día con un mismo dilema. A veces aún me pregunto, y sé que no tengo ningún perdón, por ese complejo asunto que es la creación.

Cuando miro a mi alrededor veo la grandeza de las cosas que nos rodean,  el misterio de la naturaleza, la inmensidad del mar, la grandiosidad de las montañas… Un espacio común que concibo como un verdadero regalo. Por otro lado, el hombre, su capacidad para desarrollar todo tipo de proezas a lo largo de la historia, su ingenio y también nuestra capacidad para amar…

Sin embargo, no puedo más que revelarme ante la injusticia y ante tantas atrocidades. El horror, la miseria, el hambre, la intolerancia, la violencia, los ultrajes entre pueblos, las masacres… Cuánto tiempo deberá pasar para curarnos de todos estos males, cuánto tiempo debe pasar para que la luz ilumine nuestros corazones acostumbrados ya a naturalizar la barbarie. La “sociedad del bienestar” quizás no nos ha dejado ver que mientras unos pocos se acomodaban en un espejismo azaroso otros muchos seguían y siguen destrozados a causa de la injusticia. Quizás nos preocupe que otros sufran pero qué hacemos para que esta situación cambie. ¿Hemos perdido quizás la sensibilidad? Pasemos pues de la preocupación a la sensibilización, esta última implica acción. ¿Qué hacemos para iluminar este mundo? ¿Qué tipo de huella estoy dejando tras mis pasos?

Hoy, impulsado quizás por el puro placer de la provocación, como Prometeo, me dispondría a robar el fuego sagrado para arrojar de nuevo luz donde veo oscuridad, una penumbra que no solo está viva en la sombra de las atrocidades más feroces, o en las muertes de los más débiles, sino también en los pequeños gestos donde asesinamos al prójimo. Es en la mentira, en el engaño, en el abuso de poder, en la envidia y en definitiva en los males más oscuros pero cotidianos de la historia, donde residen nuestros más funestos futuros.

Sigo preguntándome pues, con el desgaste que ello supone, a qué se debe la creación del monstruo de la estupidez que nos hace caer generación tras generación en los mismos males que nos vienen asolando.

El gran maestro Aute decía:

“Ni que el paraíso del necio
se logre trepando al poder
que donde el valor tiene el precio
que marca la ley del crupier
el pánico que me desquicia
de tu universal sin razón
es que el virus de la estulticia
se engancha a la procreación”

No pudiendo quedar indiferente ante estas palabras, me pregunto, qué necesidad, tanta necedad.

Por David López Mejuto.

 

 

 

 

 

 

Con luces y sombras, pero de verdad.

Hay días en los que te planteas firmar el acta de tu rendición, miras a tu alrededor y hay algo que no va, que no concuerda.

Uno de los principales lastres del ser humano es su capacidad de mentir. Las argucias que se emplean para conseguir prestigio, honores, distinciones, reconocimiento, o sencillamente para tapar la propia incompetencia y la necedad son variopintas, incluso podríamos definir distintas tipologías… Lo peor de todo es que en determinados ambientes, puede llegar a naturalizarse la mentira y el engaño de manera que se adquieren competencias de lo más avanzadas para poder leer entre líneas y desvelar lo que hay detrás de esas tretas que no hacen otra cosa que dirigir el discurso hacia donde interesa. Esta mentira cronificada es letal.

Existen personas verdaderamente expertas que hacen de la mentira una manera de sobrevivir. Cuando menos se lo esperan, su mundo, su vida y todo lo que les rodea es irreal. En determinados contextos como la familia, el trabajo o la amistad, por ejemplo, normalizar la mentira puede ser un verdadero cataclismo, sobre todo cuando llega el momento en que ya ni siquiera las personas se percatan de cuán irreal es su mundo y lo que cuentan sobre él.

En el ámbito laboral uno de los principales retos a los que se enfrentan las organizaciones de peso es la gestión de la verdad. Esto viene siendo la capacidad de no tener que maquillar las cosas sino abordar la realidad con naturalidad pese a que ello conlleve el ejercicio de la autocrítica.

Conseguir este reto depende de todos los miembros del equipo, de abajo a arriba y de arriba a abajo. Cuando prima por ejemplo la solución de problemas en lugar de la búsqueda de culpables se favorece la asertividad y la complicidad. De la misma manera, en la horizontalidad también se puede favorecer un clima de confianza utilizando un modelo de trabajo colaborativo, donde mi éxito es tu éxito porque en nuestro discurso prevalezca el “nosotros” versus el “yo”.

Tomar la decisión de caminar junto a la verdad es un ejercicio de madurez y responsabilidad. No te alejará de problemas, es más, es muy probable que salgas con heridas en esta batalla, pero esas mismas cicatrices te harán ser mejor persona y verás en el espejo la mejor versión de ti mismo, porque lo que tendrás delante será tu versión original y no una esperpéntica caricatura de lo que el resto espera de ti o de lo que tú mismo te has contado de tu “yo ideal”.

Yo te quiero como eres, con luces y sombras, pero de verdad.

Por David López Mejuto.

A esos corazones…

Esta entrada la quiero dedicar a esas personas que como diría el maestro Aute, entre un mar de girasoles buscan un giraluna.

A esas personas que defienden su propio criterio porque tienen unos ideales y unos principios que están por encima del convencionalismo, por encima de cualquier recompensa, por encima del protocolo, por encima de las expectativas, por encima de lo que debería ser, por encima de lo que se espera de ellas…

No les importa incluso la derrota, siguen un rumbo fijo, guiados en ocasiones, sin saber muy bien porqué, por un impulso, una intuición, una quimera… Son corazones que laten al compás de unos valores arraigados, que alzan su voz ante la injusticia, que caminan con la cabeza bien alta sin miedo al qué dirán pese a sus defectos o debilidades. Son corazones valientes, castizos, vehementes, y que miran cara a cara con la gallardía del que tiene como bandera la verdad. 

Son corazones que nunca serán súbditos de los laureles, porque la vida para ellos es vértigo, y no una carrera. Porque merece la pena luchar por aquello que importa, por aquello que nos llena.

Caminar por la vida sin profundizar en cada paso, sin mojarte, sin implicación con tus ideales, con lo que realmente piensas y sientes, etc., sin duda te evitará muchos problemas, pero no conozco otra forma de vivir. ¿Y tú?

La vida es demasiado corta como para pasar de puntillas, muérdele y siente el placer de ser tú mismo, pese a todo. ¡Búscate problemas! Seguro que los tendrás, pero también disfrutarás de la plenitud de descubrir día a día que cada uno de tus pasos cobran sentido.

Por David López Mejuto.

 

El éxito como experiencia íntima.

El éxito, al igual que la felicidad, tiene diferentes significados según cada persona. Si damos una vuelta por la literatura al respecto o simplemente preguntamos a nuestro alrededor, posiblemente nos encontremos con una definición del éxito ligada a otro concepto muy próximo, el reconocimiento. Bajo mi punto de vista son conceptos muy diferentes pero que fácilmente se pueden incluir en una misma ecuación.

El termino Éxito proviene del latín exĭtus, que significa “Salida”, de ahí se determina que Éxito se refiere generalmente al resultado final y satisfactorio de una acción y por ende, a consecuencia de ello, puede venir acompañado de reconocimiento, a lo que yo añadiría, “o no”.

El éxito, y los parámetros que se establecen para sentirlo, tienen que ver, a mi juicio, con una experiencia íntima que puede o no llevar consigo reconocimiento. Es importante tenerlo claro, pues de lo contrario seremos “esclavos del aplauso” y “súbditos de los laureles”.

En cualquier caso, y teniendo en cuenta como punto de partida esta diferencia conceptual, podríamos dar algunas pautas a modo de lecciones para llegar al éxito, tanto si tu idea de este vocablo consiste en perseguir un sueño hasta hacerlo realidad, como si buscas simplemente rendir al máximo en tu trabajo o conseguir algún reto en tu vida personal.

En primer lugar, no se trata de hacer lo que la gente espera de ti; haz lo que verdaderamente deseas hacer. No será fácil, en ocasiones deberás asumir obligaciones o seguir consignas que no te aporten directamente la felicidad del soñador, pero podrás ponerte cada día pequeños objetivos para que te sientas dueño de tus circunstancias, y no un mero espectador de las mismas.

Adáptate a las situaciones con normalidad, trabaja la tolerancia a la frustración y sobre todo, ten paciencia. El ejercicio de la paciencia tiene que ver con un concepto que en entradas anteriores he mencionado, se trata de la praxis de la esperanza, ya que sin esta última cualquier piedra en el camino puede parecer una montaña, pero haciendo uso de la misma, aunque las montañas no se disipen, la diferencia estará en que tu modo de pensar y de actuar te llevarán a escalarla salvando cualquier dificultad con arrojo y tesón sin huir de los problemas.

Arriesga, pero con trabajo previo, con perseverancia y teniendo como soporte tu trayectoria personal y profesional.  Tu experiencia te avala, y debes hacerte respetar por ello, como persona y como profesional.

Por último, es importante que establezcas tu propia definición de éxito, no vivas para hacer lo que otros esperan de ti, no estás aquí para cumplir las expectativas de nadie, define tus límites, exige que sean respetados y trabaja duro para conseguir aquello que te hace feliz. Si además lo que haces tiene una consecuencia positiva en la sociedad porque trabajas para las personas o en el terreno de la intervención social, esto te servirá de anclaje, pues sin duda, tu labor está mereciendo la pena, pero en cualquier caso y te dediques a lo que te dediques, busca un sentido y vive el éxito como una experiencia íntima, tuya. A por ello.

Por David López Mejuto.